Algunos principios de Economía Conductual pueden ser la clave para mejorar la aceptación de las vacunas contra el COVID-19

Tradicionalmente, todas las vacunas que se aplican a nivel poblacional tienen barreras en su implementación. Los factores económicos y geográficos son los más comunes.

Pero las vacunas contra el COVID-19 están enfrentando barreras que muy posiblemente no aparecen en los libros de virología.

¿Puede la economía conductual ser un factor clave para aumentar los índices de vacunación en nuestros países?

 

Un caso de economía conductual en la salud pública

Cuando el gobierno de los Estados Unidos incrementó el impuesto a los cigarrillos de 39 centavos a $1, ocurrió un caso evidente de economía conductual en la salud pública.

Con este incremento en el precio de las cajetillas, los índices de adolescentes fumadores cayó 10%, de acuerdo con la Campaña de los Niños Libres de Tabaco.

Y en general, el número de fumadores cayó un 8%, lo que significó el descenso más grande en 80 años.

Hoy en día, la solución de incrementar los impuestos es usada en los 50 estados como un medio para generar ingresos y para reducir el número de fumadores.

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De hecho, el éxito de la ley ha llevado a sugerencias similares para las bebidas carbonatadas, sobre todo porque los índices de diabetes se han disparado.

La economía conductual se ha filtrado en muchos ámbitos de nuestra vida, incluso en la salud.

Esta idea de los incentivos y desincentivos como motores del cambio de conductas en la sociedad son un buen punto de partida para el éxtio de los programas de vacunación.

Pero ¿funcionan siempre los incentivos y desincentivos como lo esperamos?

 

Economía conductual: ¿Por qué no siempre actuamos como se espera?

La vacuna es una solución que en teoría, tendría altos niveles de aceptación. Pero la realidad es más compleja de lo que cualquiera esperaría.

Varios estudios han demostrado que uno de los factores que determinan nuestras decisiones es el nivel de dificultad que una tarea implica. En general, tendemos a tomar la decisión que nos resulte más fácil.

Por ejemplo, si a un grupo de personas se les pone una bandeja con bananos y a la par una bandeja con naranjas, es muy probable que la mayoría de las personas tome un banano, no porque su sabor sea mejor, ni porque sea más saludable, sino simplemente porque la naranja es más difícil de pelar.

Pero aún con toda la evidencia de la eficacia de la economía conductual, la aplicación en la salud pública no ha sido siempre fácil.

Un artículo del New York Times cita lo difícil que es lograr que los pacientes de ataques cardíacos se tomen sus medicamentos regularmente, una actividad aparentemente sencilla pero el no hacerlo causa cerca de 100,000 muertes prevenibles al año.

De hecho, el simple hecho de sufrir un ataque cardíaco debería ser suficiente motivación para que un paciente se tome sus medicinas, pero contrario a la lógica, las conductas de los pacientes no siempre son las más recomendables.

Según el artículo citado, lograr que los pacientes cambien sus conductas es muy difícil. Poner los medicamentos de forma gratuita no ha sido efectivo para lograr que se tomen su medicamento.

“Implementar “nudges” en la salud ha estado basado en la idea errónea de que la gente siempre buscará el bien para su salud. Pero la realidad es que la vida de las personas es compleja, y las decisiones sobre su propia salud también”, escribe Rebecca Fogg, del Christensen Institute.

 

Economía conductual para programas de vacunación

Como mencionamos al principio, implementar un programa de vacunación siempre implica obstáculos tradicionales como logística, factores económicos y geográficos.

Los investigadores pediátricos Alison Buttenheim y David Asch aportan algunas ideas de cómo aplicar principios de economía conductual en el polémico tema de la aceptación de las vacunas.

Buttenheim y Asch sugieren que los programas de vacunación que aprovechan estos recursos conductuales, han tenido un nivel considerable de efectividad:

 

Sobre el sesgo de omisión hay un ejemplo clásico en el tema de las vacunas:

Un padre debe decidir si vacuna a su hijo contra una enfermedad mortal de la que el hijo puede contagiarse naturalmente con una probabilidad del 1%. Si le pone la vacuna, reduce la probabilidad de contagio de esa enfermedad al 0%.

Al mismo tiempo la vacuna conlleva una probabilidad del 0,5% de morir por problemas derivados de la inyección de la misma.

¿Qué decisión tomará el padre? Cerca de un 50% de los padres prefiere omitir  vacunar al hijo, dejándole con un 1% de probabilidad de morir, antes que darle la vacuna y dejarle con un 0,5% de probabilidad de morir. 

Dicho de otra forma, el dolor de la muerte de un hijo, causada por una decisión de ponerle la vacuna, sería más fuerte que si el hijo muriera por la enfermedad.

 

Como ilustra este ejemplo, el factor culpa juega un papel importante en los niveles de aceptación de las vacunas.

Un estudio sugiere que cualquier vacuna está en desventaja cuando los padres temen efectos secundarios, aún si la probabilidad de padecerlos sea extremadamente baja. Es decir, estos temores ejercen un efecto desproporcionado en los niveles de aceptación de la vacuna.

Sin embargo, los investigadores advierten que cada una de estos sesgos y recursos conductuales también tienen desventajas:

Posicionar las enfermedades prevenibles con vacuna a través de imágenes o historias puede ser contraproducente.

A finales del 2014 hubo un brote de sarampión originado en Disneylandia sobre el que Buttenheim señaló que la misma información que convencía a los padres que dudaban sobre la vacuna, también reforzaba los prejuicios de los padres que se oponían a ella. 

Sobre la información que se difunde sobre las vacunas, Buttenheim y Asch hacen énfasis en la importancia de divulgar los índices de vacunación, en vez de divulgar los índices de personas que deciden no vacunarse (suena lógico pero es un error muy común).

Un ejemplo de las consecuencias no intencionales de socializar la acción incorrecta es un caso de una campaña antidrogas que claramente decía que las drogas son dañinas, pero también tenía el mensaje subyacente de que muchos adolescentes las usan. Resultó que la alta exposición a la campaña en adolescentes se asoció a un aumento del inicio del uso de drogas.

 

Creencias sobre las vacunas

Buttenheim también hizo un estudio con pacientes reales que la llevaron a sacar conclusiones interesantes.

A un grupo de padres de recién nacidos se les invitó a vacunarse contra la tosferina y se les motivó de diferentes formas.

A algunos padres se les dio un voucher de descuento para aplicarse la vacuna. A otros, se les mostró un video corto de servicio social donde Jennifer Lopez promovía la vacuna.

Ni los vouchers de descuento ni el video tuvieron algún efecto en los índices de vacunación, puesto que sólo uno de 95 padres canjearon el voucher.

Al recabar información sobre las causas de la decisión de no vacunarse, los investigadores hallaron que la falta de disposición de las vacunas en el lugar donde recibieron los vouchers y el video, fue uno de los factores decisivos.

Es decir, incluso cuando algunos padres estaban convencidos de hacerlo, la fricción de tener que ir a otro lugar fue un gran desincentivo para vacunarse. 

Pero incluso cuando se redujera la barrera del costo y la disponibilidad de las vacunas en el lugar, y se reforzaran las normas sociales mediante una celebridad, estas soluciones no eliminan la barrera clave que los investigadores encontraron: las creencias de las personas sobre el riesgo de contraer tosferina y su severidad.

La idea falsa de “a mí no me va a pasar” es una de las barreras psicológicas que cualquier vacuna, cualquier chequeo rutinario, cualquier visita al médico, encuentra como un gran obstáculo.

Como concluyen los investigadores, “aún si los padres están conscientes de la tosferina, la falta de una precepción de riesgo personal llevará a que muchos no se vacunen.

 

Los retos de la vacunación contra el COVID-19

Además de los obstáculos tradicionales, los programas de vacunación contra el COVID-19 enfrentan nuevos retos que posiblemente aún no aparezcan en los libros de virología: la desinformación en las redes sociales, las creencias religiosas, y la consecuente desconfianza que generan las vacunas.

Si además de esto, le agregamos los insólitos casos de corrupción en plena pandemia, no resulta nada aventurado decir que la vacunación contra el COVID-19 tendrá un largo y tortuoso camino qué recorrer en varios países de Latinoamérica.

El Virólogo de la Facultad de Microbiología de la Universidad de Costa Rica, David Loría, señala en este video que las creencias religiosas y la desinformación difundida a través de redes sociales son las grandes barreras que enfrentan los programas de vacunación.

 

En conclusión, podemos decir que hay algunos principios de economía conductual que se pueden tomar en cuenta para mejorar los índices de aceptación de las vacunas:

Reducir la fricción en la experiencia de las personas mediante una mayor disponibilidad de vacunas en el tiempo preciso.

Tomar en cuenta los sesgos cognitivos como el Efecto Default o el Sesgo por Omisión.

Plantear la información factual de modo que esta se vuelva en un motor de cambio, en vez de un desincentivo.

Difundir en redes sociales la información factual en formas y formatos que compitan con la desinformación sobre las vacunas, y no en formas que refuercen los prejuicios erróneos de las personas.

No rechazar, sino trabajar con las creencias actuales de las personas. En vez de exigir un cambio inmediato, empatizar con las personas sobre sus creencias y canalizarlas  para reducir las barreras de adopción de las vacunas.

 


Photos by Eddy Billard and Ivan Diaz on Unsplash 

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