Neurociencia y sus enseñanzas en los Negocios

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La innovación de la tecnología ha adquirido en esta primera década del siglo XXI, combinado con la expansión y sofisticación de las necesidades de los clientes, da un mayor sustento a la flamante sociedad entre la ciencia y los negocios, los cuales ya no se limitan a las áreas funcionales de la investigación y el desarrollo, sino que va mucho más allá de los límites establecidos, e inciden sobre prácticamente todos los sectores de una organización. La biotecnología, los nuevos materiales, la nanotecnología, la complejidad, la simulación en computadoras, son piezas fundamentales en el nuevo siglo. Las nuevas tecnologías y los descubrimientos científicos están cambiando radicalmente la forma en que vivimos, trabajamos, pensamos, hasta lo que sentimos. Definitivamente el hombre está ingresando a otra etapa de la evolución.

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Es natural que como humanos nos sea difícil aceptar una idea de transformación en nuestra naturaleza, cuando las nuevas tecnologías nos aturden y alarman buscamos refugio de ello. Para entender de qué manera, por primera vez casi en 100,000 años, nuestras mentes podrían transformarse radicalmente, resulta fundamental explorar en qué consiste la naturaleza humana como entidad física.

Analicemos primero, de que manera está organizado el cerebro. La unidad de trabajo básica es la célula cerebral (neurona), pero más importantes aún son los circuitos de células que crecen hasta convertirse en complejos conjuntos, para formar macroestructuras cerebrales reconocibles.

Cada una de esas estructuras es como un instrumento de la orquesta o un ingrediente en un delicioso plato de comida, ya que puede llevar a cabo varias funciones, según las combinaciones y el grado al cual opera en un momento determinado. Por ejemplo, en el acto de ver intervienen, como mínimo 30 regiones cerebrales diferentes, sin embargo, en el nivel anatómico, todos los cerebros parecen similares. Por lo tanto, si buscamos una “individualidad”, no podría estar en ninguna de las estructuras altamente variables. En realidad, la noción de un cerebro es tan absurda como inútil. Y menos probable aún es que la naturaleza humana resida en los componentes más básicos; es decir, los que permiten a las células del cerebro funcionar dentro de conjuntos, a los que llamamos genes.

Los genes son importantes porque fabrican proteínas; pero esas proteínas, al igual que las regiones del cerebro, pueden tener muchas funciones. En las regiones cerebrales, los genes se conectan y desconectan a lo largo de toda la vida, y las proteínas que fabrican, a su vez, cambian las configuraciones de las conexiones entre las células cerebrales.

Lo que causa esos cambios es, simplemente, la interacción continua con el ambiente. En consecuencia, la vieja dicotomía “naturaleza versus experiencia de vida” (es decir, lo genético o heredado versus los factores ambientales) carece de sustento. En realidad, la interacción incesante entre lo que llega del ambiente y la química del cerebro es lo que provocará cambios en la conectividad de las neuronas, que a su vez determinará, literalmente, la forma en que vemos el mundo. De hecho, me gusta pensar en nuestra naturaleza como en la “personalización” de las conexiones de las células del cerebro a través de la experiencia, producto del diálogo constante con el mundo exterior.

Lo concreto es que nacemos en medio de una ruidosa confusión, y evaluamos al mundo en términos de dulce, rápido, frío, brillante, etcétera. Pero, gradualmente, esas sensaciones abstractas se fusionarán con rostros y objetos que, con el tiempo, irán adquiriendo nombres y significados, para desencadenar aún más asociaciones a medida que van tomando más protagonismo en nuestra vida.

Fuente: World of Business Ideas

 

Guatemalteca, amante de las artes, del cine y de la música, diseñadora gráfica, fotografa y músico de vez en cuando.

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